Suplantadora de identidad
Así debe verme la Virgen de Lourdes cada final de curso. En lugar de ir a ella, suplicando de rodillas, los alumnos que se han estado rascando la barriga durante casi nueve meses se arrastran ante mí, con súplicas y ruegos de aprobados "milagro". Y yo, en arranques de sinceridad profunda, les digo a las madres la verdad inamovible: A pedir milagros, a Lourdes. No gasten su dinero en estas clases, no les servirán para nada.
No sé si me sorprende más la reacción de los adolescentes o de sus madres. Las unas me dicen: Que se fastidien. Ahora que vengan aquí aunque no sirva de nada y que estudien. (Mi tiempo para ellas no es precioso) Y los otros me suplican que les enseñe a derivar cuando ni siquiera son capaces de hacer una división de polinomios (qué digo, ni saben dividir 30:5 sin cometer errores). En resumen, un montón de esfuerzo por mi parte con cero resultados, una considerable frustración por ambas partes y un derroche de dinero por la suya, del que yo me llevo la mitad. Pero el martirio de pasar por ciertas situaciones es impagable. Os lo aseguro.

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